Sábado noche. Tapas y Fotos. Trece locos reputados se disponen a dar un recital de poesía. “Ninguno de los trece somos dioses”, ha declarado
David González en su video anunciador. El cuerpo principal del público se aprieta y la cola comienza a alcanzar las aceras. La cerveza reina, las voces tintinean contra los vasos y el humo colorea de blancos el edipo de la noche. Miro a las paredes del local y no veo ninguna gárgola.
Caras conocidas. Patty de Frutos. Juan Antonio Marín. Marcus Versus. Isabel García Mellado. Alfonso López. Verónica Gil. Andrés González Andino. Silberia. Escandar Algeet. Jesús Malia. Chema Barredo. Pepe Ramos. Giovanni Collazos. Paco Sevilla. Ignacio Navas y otros que me olvido. A última hora se presentó Raúl Campoy. No vi a Alejandro Magno. Tampoco a Nefertiti.
Comienza
Sara, la presentadora de negro y canalla, que da paso, en cuatro turnos, a los trece poetas, ninguno de los cuales ha venido en limusina. Los recitadores se van sucediendo como los granos de una extraña mazorca azul, uno a uno. El taladro del verso, el pecado de silencio:
José Naveiras. El hombre olímpico, el alfil exquisito:
Iñaki Echarte. El verso sencillo, el ojo complejo:
Javier Das. El sicario de lo propio, el vengador necesario:
José Ángel Barrueco. La conciencia recuperada, la verdad en el vaso:
Hasier Larretxea. El alacrán sincero, la ola que viene alta:
David González. La saliva lúdica, la carcajada de palabras:
Safrika. El teclado en el corazón, el océano en la garganta:
Olaia Pazos. La culebra cubista, la mujer manada:
Déborah Vukušić. La sonrisa en la cara, la nostalgia en el lápiz:
Gsús Bonilla. La sobriedad del plato, la cuchara llena,
Bacovicius. El músculo del pensamiento, el envés del poema:
Eddie (J. Bermúdez).No hubo cisnes blancos ni madréporas en el baño del bar. El recital se desarrolló en cuatro tramos, en cuyos intervalos se celebraron sorteos de libros y se permitió descansar al público y a los poetas. Al concluir el recital,
Pepe Ramos se me acercó y me dijo:
–Quizá el mejor recital que he visto en Madrid en toda mi vida. Habéis estado increíbles. Sólo en Granada, donde los recitales no son sólo de poesía, he visto alcanzar semejante punto de intensidad.
Entiendo que hubo varios momentos altos en la noche ausente de múrices. José Naveiras recitó el primero y estuvo frenético, avasallador. Nos puso firmes a los demás, nos calentó: nos hizo entender que aquello iba en serio y había que estar a la altura. De Larretxea me asombró su recitación contenida, sosegada; ni ápice de resentimiento, ni sombra de acritud en unos textos que vienen muy cargados. David González, todo talento en el verso y en la anécdota, dijo nada más salir:
–Pido perdón al dueño de este bar, pero voy a joder un vaso.
Y lo jodió, el menda, después de alzarlo y dejarlo caer mientras recitaba su arte poética. También sobresalió el silencio tonante de Eddie (J. Bermúdez), un poeta hacia dentro al que compré su libro
La poema (Cocó, 2008), y Gsús Bonilla, en plan killer desde el primer verso, que encaró al público y le miró a los ojos, algo insólito en él. Bonilla recitó un poema de
Vicente Muñoz Álvarez donde no aparecía ni una sola vez la palabra
piélago. Entiendo que con la calidad de Bonilla estamos cometiendo una gran injusticia; con actuaciones como la del sábado comienza a ocupar el lugar que le corresponde.
En lo que se refiere a las chicas, qué decir. Safrika+Vukušić+Pazos. En cuanto salieron ellas, que actuaron juntas en el tercer tramo, todo lo que habíamos hecho los chicos se quedó en la peladura de un plátano. Minucioso el ojo de Safrika, avasalladora la energía y las flores robadas de Vukušić, portentosa la voz de Pazos. Estas chicas no escriben de príncipes azules salvo para reírse.
Quizá una de las razones del éxito del encuentro, luego lo he pensado, estuvo en su organización. Sostiene Caballero Bonald que un recital no debe superar nunca los veinte minutos. En la noche del sábado, a siete minutos cada poeta, los turnos se dispusieron de forma que ninguno superó ese tiempo. Tanto el público como los poetas disfrutamos de quince minutos entre cada turno para beber un poco, animarnos y comentar la jugada. Y, por otra parte, para apreciar la falta gusanos de seda en las fotos del local.
La falta de gusanos de seda, de príncipes azules, de piélagos, de múrices; la falta de madréporas y cisnes blancos; la falta de limusinas, gárgolas y Nefertitis... Los trece poetas del sábado, cada uno con padres y madres diferentes, cada uno de ellos en su estilo, triunfaron por cercanía, por carne y hueso, por plantear problemas de tierra y no de luna. Aparecieron los derechos de la vida, la vida escrita y recitada tal como se sufre, la vida con todas sus espinas. La palabra no pareció una excusa ni un martillo demagógico, sino una propuesta, un pequeño apretón de manos, una lanzadera, un quizá. Claro que no somos dioses, David, somos mucho más que ellos, porque nosotros existimos, y de nuestro constante caernos y levantarnos se extrae la mejor prueba de existencia.
Qué noche. Fue el 6 de junio y yo estuve allí, cuatro meses después de mi última aparición. Tuve el acierto de hacerme una camiseta con uno de los cuatro carteles que hizo Bonilla: a esa camiseta fío el recuerdo eterno de ese día. Mientras seamos capaces de recitales como éste, opino, habrá que seguir insistiendo en el viejo asunto de la poesía. El público, los poetas, el dueño del bar, Sara, qué noche, muchas gracias.
Y gracias especiales a Vukušić, claro. Sólo ella puede organizar algo así. Sólo ella unir conciencia y calidad en un mismo grupo de poetas. He puesto una vela para que, en caso de que vuelva a pensar en otra locura de éstas, me mande un mensaje, llame, grite, silbe.
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