jueves, 25 de septiembre de 2008

guerra de identidad (& II PART) by jordi macarulla

me permito colgar el informe de lectura de macarulla porque sus palabras son siempre como un cuento...

En la Casa del Libro de Barcelona, al parecer único reducto secreto de Baile del Sol por estas tierras, tuve que pedir Guerra de Identidad después de rastrear el mínimo espacio de las estanterías dedicadas a la sección de poesía, entrando a la derecha.

Ya lo sabía, igual que ocurre con mi libro desde principios de verano, aquella portada del edificio madrileño recortada en un cielo inquietante que vivió la gloria efímera de compartir fila en la sección de literatura en castellano con allendes y zafones, vilamatas y mendozas, y que poco después fue relegada a la retaguardia de la posición inclinada en las repisas (aquí el principio de la letra m queda justo a ras de suelo, junto a una columna inoportuna) previo a pasar a una reserva en la distancia, tan parecida al abandono, procedí a buscarlo antes de pedirlo, como un protocolo de rebeldía que no por eficaz hay que seguir manteniendo, como si algún día este gesto silencioso pudiera cambiar las cosas, darle la vuelta a la dictadura del negocio.

No pude encontrarlo, y el siguiente paso era ir a un mostrador donde dos empleados de sexo opuesto y chaquetilla verde sin mangas, introducían datos en un teclado, como tirando coordinada y ordenadamente al fondo de un pozo palabras de títulos y autores, editoriales y precios. Nunca he entendido esa falta de pasión de los vendedores de literatura. Ordenar y vender libros como productos de supermercado. Tuve que separar bien las sílabas ante sus caras de póquer, VU-KU-SIC, sí, Guerra de Identidad, sí, Editorial Baile del Sol (aunque no me lo pidieran, al menos que sonara otra vez esa combinación de palabras) y esperar esa secuencia de instantes que uno no sabe si le van a decir eso de que no puede ser, imposible, que pruebe pedirlo en otro sitio o, como al final fue, después creer ver un levísimo brillo en los ojos de uno de ellos, más por no tener que prolongar una búsqueda más de la cuenta que por el placer de conseguir un libro determinado a alguien que lo quiere leer, me dijeron eso de que lo tendría en unos diez días, que si les daba mi móvil ya recibiría un sms avisándome.

Recibí el sms un poco antes de los diez días y pasé a buscarlo la misma tarde. Confieso que cuando lo tuve en mis manos noté una cierta sensación de fragilidad, como cuando alguien te pone en lo brazos un niño recién nacido y no tienes claro si se te va a acabar escurriéndo, con todo lo que ello conlleva. Antes de salir del establecimiento ya lo había sacado de la bolsa y lo estaba ojeando, mientras a mi derecha, paso a paso hasta la salida y sin prestarle atención, quedaba el expositor donde un día no lejano Formas del relámpago se asomara a la cima. No sabría explicar los motivos de esa prisa por acariciar con la mirada lo que hubiera dentro de esas tapas blancas, pero si lo hiciera seguro que no me entenderían ni las editoriales ni vendedores de libros con los que me había cruzado.

Un primer contacto antes de guardarlo en la mochila y desbloquear el pitón de la moto y una primera sensación de palabras desabrigadas, casi desnudas en el inmenso blanco, quizá reforzada por la impresión de artificios al uso inexistentes y por ese hábito de la minúscula que un día tendrás que explicarme. Una segunda toma de contacto un poco más relajada, en el rincón creativo de mi casa y en mi hora nocturna, y pronto me di cuenta que mi alejamiento de la poesía en estos últimos años no me facilitaría las cosas, que quizá debiera referirme a sensaciones dejando de lado valoraciones de las que pudiera no estar autorizado.

Y tras esa primera sensación de que no lo iba a tener fácil asomó poco a poco la certeza de que seguro tenía que existir el modo, algo que fuera inapreciable de entrada, que aunque difícil de encontrarlo había una especie de velo transparente que tenía que ser atravesado, una pared invisible, como un acceso secreto a los poemas que hacía que no pudieran leerse desde el otro lado. Que no debieran leerse desde el otro lado. Por eso adopté el libro como amuleto durante unos días, entendiéndolo como objeto de compañía que no de suerte, y lo paseé por los escenarios de mi vida cotidiana, algunos tan alejados de mi parte literaria, porque no sólo había que leerlo (en voz baja y en voz alta, como debe hacerse con la poesía) había que tocarlo, que respirarlo y que sufrirlo. Reconozco que esa latencia obsesiva de la reciente guerra de los balcanes ha ayudado, recuerdo ese horror en los telediarios de una guerra tan cercana mientras la gente de aquí seguía haciendo su vida tranquilamente. Pero tampoco era suficiente traspasar el velo transparente, ese sólo era un primer paso, había que meter la cabeza, zambullirse, dejarse hundir metros abajo sin protección respiratoria de ningún tipo, en una inmersión en aguas negras hasta tocar algo parecido al fondo. Y dejarse coger por una mano de roce suave, casi infantil, y ser guiado por las páginas con esa voz de tacto inocente pero de mensaje durísimo, implacable, de terciopelo lleno de aristas, andar descalzo sobre la arena de la playa a primera de la mañana con restos de botellas rotas esparcidas. Y seguir página a página, poema a poema, hasta perder la conexión con la realidad y no existir nada más que esos versos que arrastran al vértigo como esa atracción casi suicida que a algunos nos sugieren las alturas.

Y otra sensación, la de estar leyendo en cada página una pequeña historia, de esconderse un cuento en cada uno de los poemas, comprimido y estructurado a veces en cuatro simples versos, en escasas palabras. Y eso puedo decirlo, porque para hablar del cuento quizá sí que pueda estar autorizado. Ficción o no ficción, acaso importa, poesía narrativa. Si existe la prosa poética, por qué no la poesía narrativa. Sintetizar en tan pocas palabras mundos tan enteros. Punta del iceberg que dicen los teóricos del relato, aunque aquí las aguas impolutas, transparentes, de la escritura dejen ver el iceberg entero.

Valentía, sería otra de esas sensaciones a las que debiera referirme. Esa evidencia diseminada por todo el libro, valentía sin concesiones de ningún tipo, pase lo que pase, hiérase quien se hiera. Y yo que me quejaba de que alguno de mis cuentos habían herido a personas cercanas de forma irreversible, por no haber tomado las oportunas precauciones, y que a partir de ahora debería purgar con su indiferencia a veces envenenada lo que algunos achacan a mi falta de tacto diciendo aquello de que lo tengo merecido. Pues debería decir tras su lectura que ese derroche de valentía en este pequeño gran libro casi me ridiculiza.

Hablas también a veces de vómito al referirte a veces a la escritura, yo creo que aquí lo que hay es sangre, una herida sangrante que no cesa, supuración de llagas infectadas, si me apuras, y mucha fiebre.

Después del viaje a los fondos, suelto la mano suave de la niña que me guía, dejo de oír su voz aunque sigo teniendo el eco permanente en la cabeza hablándome de guerras y extravíos, y nado hacia arriba casi sin aire, hasta recuperar la superficie y estar ya echándola de menos y necesitar volver a abrir el libro y no permitir que deje de ser mi amuleto por unos días más aunque no me garantice la suerte, y recorrer otra vez alguno de sus poemas, desabrigados en el inmenso blanco de la página, afilados en su sencillez aparente, engañosa, restos de cristales de botellas rotas escondidos en la arena.

Y luego, sin el amparo de libro editado que embellece las obras, recibo un borrador de cuaderno de batallas, y creo aunque en verdad no sea así, pero igualmente me permito creerlo, que soy privilegiado, algo así como una especie de elegido entre otros elegidos. Quizá la distancia, la relación inédita hasta rozar la inexistencia basada en cuatro mails convenientemente cruzados y la osadía de pedirte una muestra, me ha abierto esta puerta a un nuevo turbio país de maravillas. Y descubro en páginas impresas que todavía hay más desnudez en la escritura, que la poesía narrativa es mas poesía narrativa, que la valentía, si cabe, aún más valiente, que la herida sigue sangrando en madrugadas febriles, y que la niña sigue allí con su voz y tacto suave, dispuesta a guiarte en el desconcierto de sus batallas. Y descubro también estructuras más rotundas, palabras más certeras, imágenes directas, pulidas de flecos de artificios que poco aportarían y sin más trucos que los estrictamente necesarios y, sobre todo, más belleza, que eso también deber ser la poesía.

Jordi Macarulla
22/09/2008

2 comentarios:

Jordi dijo...

bueno vuk
a veces las palabras no llegan,
igual me quedé corto.
suerte

txe dijo...

los addicts! que punks! qué viejos!

weah!